Dejados Atrás Capitulo 1 / Left Behind Capitulo 1

Dejados Atrás: Una Historia De Los Últimos Días De La Tierra

Tim LaHaye & Jerry B. Jenkins




Para Alice McDonald y Bonita Jenkins quienes se aseguraron de que nosotros no fuéramos dejados atrás.




CAPÍTULO 1


Rayford Steele tenía la mente puesta en una mujer a quien nunca había tocado. Con su 747 lleno por completo volaba sobre el Atlántico con el piloto automático y dirigiéndose a Heathrow, el aeropuerto de Londres, para aterrizar a las 6 A.M., había apartado de su mente cualquier recuerdo de su familia.

Durante las vacaciones de primavera pasaría unos días con su esposa y su hijo de doce años. Su hija regresaría también de la universidad. Pero por ahora, con su copiloto dormitando. Rayford pensaba en la sonrisa de Hattie Durham y esperaba ansioso su próximo encuentro.

Hattie era la jefa de azafatas del vuelo de Rayford. No la había visto en más de una hora. Antes esperaba ansioso el regreso a casa para volver a ver a su esposa. Irene era bastante atractiva y vivaz, aun a los cuarenta. Pero últimamente se había sentido incómodo por su obsesión con la religión. Ella no podía hablar de otra cosa.

Rayford estaba de acuerdo en que Dios ocupara su lugar. Incluso disfrutaba yendo a la iglesia ocasionalmente. Pero desde que Irene se había unido a una congregación más pequeña y participaba en estudios bíblicos semanales, sin faltar a la iglesia los domingos, Rayford se estaba sintiendo incómodo. La de ella no era una iglesia donde la gente le concediera a uno el beneficio de la duda, pensando lo mejor de uno, y dejándolo tranquilo. La gente allí le había preguntado abiertamente lo que Dios estaba haciendo en su vida. 

"¡Bendiciéndome!" se había convertido en la sonriente respuesta que parecía satisfacerlos, pero cada vez encontraba más excusas para estar ocupado los domingos.

Rayford trataba de convencerse de que lo que lo hacía desviar sus pensamientos era la devoción de su esposa a un señor divino. Pero sabía bien que la verdadera razón era su propio deseo.

Además, Hattie Durham era tan hermosa que dejaba sin aliento. Nadie podía negarlo. Lo que a él más le gustaba era el hábito que tenía de tocarlo. Nada inadecuado, nada escandaloso. Simplemente le tocaba el brazo cuando pasaba junto a él, o le ponía suavemente la mano en el hombro cuando estaba detrás de su asiento en la cabina.

No eran sólo esos roces los que hacían que Rayford disfrutara de su compañía. Le resultaba evidente por las miradas, las expresiones y el comportamiento de ella, que al menos lo admiraba y respetaba. Si estaba interesada en algo más, sólo podía tratar de adivinarlo. Y lo hacía.

Habían pasado juntos mucho tiempo, conversando durante horas mientras cenaban o tomaban algunas bebidas, unas veces con compañeros de trabajo, otras no. Él no le había devuelto ni el roce de un dedo, pero la había mirado a los ojos, y sólo podía suponer que la sonrisa que le había dedicado le habría hecho comprender a ella lo que él pensaba.

Quizás hoy. Tal vez esta mañana, si su toquecito peculiar en la puerta de la cabina no despertaba a su copiloto, él podría alzar la mano y cubrir con la suya la mano de ella: de un modo amistoso que él esperaba que ella reconociera como un paso, un primer paso de su parte, hacia una relación.

Y sería la primera vez. El no un santo, pero jamás le había sido infiel a Irene. Le habían sobrado las oportunidades. Durante mucho tiempo se sintió culpable por unas caricias apasionadas que había disfrutado durante una fiesta navideña de la compañía, doce años atrás. Irene se había quedado en la casa, debido a los malestares propios de sus nueve meses de embarazo de su hijo Rayford Junior, por tanto tiempo esperado.

Aunque un poco embriagado, Rayford había tenido el buen sentido de irse temprano de la fiesta. Por supuesto que Irene notó que estaba ligeramente bebido, pero no pudo haber sospechado nada más, por lo menos no de su correcto capitán. El era el piloto que una vez tomó dos martinis mientras el aeropuerto estaba cerrado por la nieve y después, cuando el tiempo mejoró. voluntariamente se quedó en tierra. Ofreció pagar por el piloto de relevo, pero Pan-Continental quedó tan impresionada por su conducta, que en lugar de eso, lo convirtieron en un ejemplo de autodisciplina y prudencia.

En un par de horas Rayford sería el primero en ver señales del sol, una estimulante paleta de colores pastel que señalarían el remiso amanecer sobre el continente. Hasta entonces, la oscuridad que se veía por las ventanas parecía tener millas de espesor. Sus pasajeros soñolientos o dormidos habían bajado las cortinas de las ventanas, y colocado en su lugar las almohadas y las frazadas. Por el momento el avión era una oscura y zumbante cámara dormitorio para todos, salvo unos pocos que deambulaban, las azafatas y uno o dos que respondían al llamado de la naturaleza.

Entonces, la pregunta de la hora más oscura antes del amanecer, era si Rayford Steele se arriesgaría a una nueva y excitante relación con Hattie Durham. Reprimió una sonrisa. ¿Estaba bromeando consigo mismo? ¿Alguien con su reputación podría alguna vez hacer algo más que soñar con una hermosa mujer quince años menor que él? Ya no estaba tan seguro. Si sólo Irene no se hubiera propasado en esta nueva locura.

¿Se le pasaría su preocupación por el fin del mundo, el amor de Jesús y la salvación de las almas? Últimamente había estado leyendo todo lo que le caía en las manos acerca del Rapto de la Iglesia.

-¿Puedes imaginarte, Ray -comentó emocionada-, Jesús volviendo para llevarnos antes de que muramos?

-Sí, claro -contestó él, mirando por encima de su periódico-, eso sería para morirse. A ella no le hizo gracia:

-Si no supiese lo que me pudiera suceder -dijo-, no jugaría con eso.

-Yo sí sé lo que me sucederá -insistió él . Yo estaré muerto, fallecido, difunto. Pero tú, por supuesto, volarías directo al cielo.

El no había querido ofenderla, sólo se estaba divirtiendo. Cuando ella se dio vuelta alejándose, él la siguió. La hizo volverse y quiso besarla, pero ella estaba fría.

-Vamos, Irene -dijo-. Dime que miles no se desmayarían si vieran a Jesús volver por toda la gente buena.

Ella se soltó llorando: -Te lo he dicho muchas, muchas veces. Los que se salven no son personas buenas, son....

-Sólo gente perdonada, sí, ya sé -le contestó. sintiéndose rechazado y vulnerable en su propia sala de estar. Volvió a su silla y su periódico-. Si te hace sentir mejor, me alegro por ti de que estés tan segura.

-Yo únicamente creo lo que dice la Biblia -respondió Irene.

Rayford se encogió de hombros. Hubiera querido decir: "Bien por ti," pero no quiso empeorar la situación. En cierto sentido él le había envidiado su confianza, pero en realidad penso que ella era una persona más emotiva, que se llevaba más por los sentimientos. No quería ser explícito, pero el hecho era que él era más brillante; sí, más inteligente. El creía en reglas, sistemas, leyes, patrones, cosas que uno puede ver y sentir y oír y tocar.

Si Dios era parte de todo eso, bien. Un poder superior, un ser amante, una fuerza tras las leyes de la naturaleza, perfecto. Cantemos acerca de eso, oremos por eso, sintámonos bien por nuestra capacidad de ser buenos con otros, y sigamos con nuestros asuntos. Lo que más temía Rayford era que esta fijación religiosa no se le pasara, como cuando formó parte de una red de ventas a domicilio, después de otra, de su delirio por los ejercicios aeróbicos y otros por el estilo. Podía imaginársela tocando puertas y preguntando si le permitirían leerle a la gente uno o dos versículos. Con seguridad que ella sabía bien que él no le seguiría en eso.

Irene se había convertido en toda una fanática religiosa. Y de algún modo eso había dejado en libertad a Rayford para soñar con Hattie Durham sin sentirse culpable. Tal vez podría decirle algo, sugerirle algo, insinuarle algo mientras él y Hattie atravesaban caminando Heathrow, hacia la fila de taxis. Quizás antes. ¿Se atrevería a insinuarse ahora, horas antes del aterrizaje?




Junto a una ventana en primera clase, un escritor estaba sentado inclinado sobre su computadora portátil. Apagó la máquina, prometiéndose volver a su periódico más tarde. A los treinta años, Cameron Williams era el más joven de los redactores jefes que nunca hubiera habido en el prestigioso Semanario Mundial. Era la envidia de todo el personal veterano, porque o se les adelantaba con alguna primicia, o le asignaban las mejores historias del mundo. Tanto sus admiradores como sus detractores en la revista le llamaban "Buck", porque decían que siempre estaba desafiando la tradición y la autoridad. Buck creía que él siempre vivía una vida encantada, por haber sido testigo de algunos de los más cruciales sucesos de la historia.

Un año y dos meses atrás, su historia de cubierta el primero de enero lo había llevado a Israel para entrevistar a Chaim Rosenzweig y había resultado ser el suceso más extraño que había experimentado en toda su vida.

El anciano Rosenzweig había sido el único en ser elegido por unanimidad como el "Notición del Año" en la historia del Semanario Mundial. Su redacción se había apartado siempre de cualquiera que Time pudiera haber seleccionado obviamente como el "Hombre del Año". Pero Rosenzweig fue automático. Cameron Williams había asistido a la reunión de directores preparado para discutir en favor de Rosenzweig y contra cualquier otra estrella que los otros pudieran patrocinar.

Fue una sorpresa muy agradable cuando el editor jefe Steve Plank abrió con:

-¿Alguien desea nominar a algún estúpido, como cualquiera que no sea el ganador del Premio Nobel de Química?

Los directores se miraron unos a otros, negaron con la cabeza, y fingieron prepararse a salir.

-Recoge las sillas, que la reunión ha terminado -dijo Buck-. Steve, no estoy intrigando para conseguirlo, pero tú sabes que conozco al tipo y que él tiene confianza en mí.

-No te apresures, vaquero -saltó un rival, y apeló a Plank-. ¿Vas a dejar que Buck se asigne él mismo otra vez?

-Yo podría -contestó Steve-. ¿Y si lo hago, qué?

-Pensaba que éste es un asunto técnico, un artículo de ciencia -murmuró el detractor de Buck-. Yo pondría al redactor de ciencia a hacerlo.

-Y pondrías a dormir al lector -respondió Plank-. Vamos, tú sabes que el redactor de los artículos sensacionales viene de este grupo. Y éste no es más artículo de ciencia que el primero que Buck hizo de él. Esto tiene que decirse de forma que el lector conozca al hombre y comprenda la significación de sus logros.

-Como si eso no fuera obvio. Eso sólo cambió el curso de la historia.

-Asignaré la tarea hoy -concluyó el editor en jefe-. Gracias por tu disposición, Buck. Supongo que todos los demás también están dispuestos.

Las expresiones de ansiedad llenaron la habitación, pero Buck también escuchó gruñidos que predecían que el tipo rubio conseguiría la aprobación. Y así fue.

Semejante confianza de su jefe y rivalidad de sus iguales lo habían decidido a darlo todo por superarse en cada asignación. En Israel Buck se hospedó en un complejo militar y se encontró con Rosenzweig en el mismo kibutz de las afueras de Jaifa donde lo había entrevistado un año antes.

Por supuesto que Rosenzweig era fascinador, pero era su descubrimiento, o invento, nadie sabía bien cómo calificarlo, lo que constituía verdaderamente el "notición del año".

Este hombre humilde se llamaba así mismo un botánico, pero era en realidad un ingeniero químico que había preparado un fertilizador sintético que hacía florecer las arenas del desierto de Israel como si fueran un invernadero.

-Durante décadas la irrigación no ha sido problema -comentaba el anciano-. Pero todo lo que hacía era humedecer la arena. Mi fórmula, agregada al agua, fertiliza la arena.

Buck no era un científico, pero sabía lo suficiente como para sacudir la cabeza ante esa simple declaración. La fórmula de Rosenzweig estaba convirtiendo rápidamente a Israel en la nación más rica de la tierra. Mucho más productiva que sus vecinos rebosados de petróleo. Cada pulgada de terreno reverdecía con flores y granos, incluidos productos nunca antes soñados en Israel. La Tierra Santa se convirtió en una capital exportadora, la envidia del mundo, con virtualmente cero desempleo. Todo el mundo prosperaba.

La prosperidad traída por la fórmula, cambió el curso de la historia para Israel. Rebosante de dinero y recursos, Israel hizo las paces con sus vecinos. El libre comercio y el paso libre le permitieron a todos los que amaban a la nación tener acceso a ella. A lo que no tenían acceso, sin embargo, era a la fórmula.

Buck no había siquiera pedido al anciano que revelara la fórmula o el complicado proceso de seguridad que la protegía de cualquier enemigo potencial. El mero hecho de que Buck se hospedara en el complejo militar evidenciaba la importancia de la seguridad. El mantenimiento del secreto aseguraba el poder y la independencia del Estado de Israel. Jamás Israel había disfrutado de semejante tranquilidad. La ciudad amurallada de Jerusalén era ahora sólo un símbolo, que daba la bienvenida a todo el que abrazara la paz. El viejo guardián creía que Dios los había retribuido y compensado por siglos de persecución.

Chaim Rosenzweig era honrado alrededor del mundo y reverenciado en su propio país. Los líderes mundiales lo buscaban, y él estaba protegido por sistemas de seguridad tan complejos como los que protegen a los jefes de Estado. Por muy fuerte que Israel se hubiera sentido con la nueva gloria, los líderes de la nación no eran estúpidos. Un Rosenzweig secuestrado y torturado podría ser forzado a revelar un secreto que revolucionaría igualmente a cualquier nación del mundo.

¡Imagínense lo que la fórmula pudiera hacer si se modificaba para obrar en la vasta tundra de Rusia! ¿Podrían florecer las regiones aunque estuviesen cubiertas de nieve la mayor parte del año? ¿Era ésta la clave para resucitar a ese enorme país después del derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas?

Rusia se había convertido en un gran gigante caviloso con una economía devastada y una tecnología atrasada. Todo lo que el país tenía era el poder militar, dedicándole todo marco posible al armamentismo. Y el cambio de rublos a marcos no había sido una transición fácil para la nación que se esforzaba por sobrevivir. La modernización de las finanzas mundiales, convirtiéndolas a las tres monedas más importantes, había tomado años, pero una vez hecho el cambio, la mayoría estaba contenta con ello. Toda Europa y Rusia hacían tratos exclusivamente en marcos. Asia, África y el Oriente Medio comerciaban en yenes. En Norte y Sur América y Australia circulaba el dólar. Se estaba tratando ahora de llegar a una moneda mundial, pero  quellas naciones que habían cambiado a regañadientes una vez, estaban renuentes a cambiar de nuevo.

Frustrados por su incapacidad para aprovecharse de la fórmula de Israel, y decididos a dominar y ocupar la Tierra Santa, los rusos habían lanzado un ataque contra Israel en medio de la noche. El asalto se había conocido como el Pearl Harbor ruso, y debido a su entrevista con Rosenzweig, Buck Williams estaba en Jaifa cuando tuvo lugar. Los rusos enviaron a la región misiles balísticos intercontinentales y bombarderos cazas MIG equipados con armas nucleares. El número de aviones y de ojivas explosivas dejó en claro que su misión era de aniquilación.

"Decir que los israelíes fueron sorprendidos desprevenidos", había escrito Cameron Williams, "era como decir que la Gran Muralla china era larga".

Cuando los radares israelíes descubrieron los aviones rusos, casi los tenían sobre sus cabezas. La frenética petición de ayuda que Israel hizo a sus vecinos y a Estados Unidos fue simultánea con su demanda de saber las intenciones de los invasores de su espacio aéreo. Para cuando Israel y sus aliados pudieran haber montado cualquier cosa que pareciera una defensa, era obvio que los rusos los habrían sobrepasado en número de cien a uno.

Tenían sólo momentos antes de que comenzara la destrucción. No habría más negociación, no más peticiones para compartir la riqueza con las hordas del norte. Si los rusos hubiesen pretendido sólo intimidar y bravuconear, no hubieran llenado el cielo con misiles. Los aviones podían regresar, pero los misiles estaban armados y dirigidos a sus blancos.

Así que ésto no era una gran pantomima preparada para poner de rodillas a Israel. No había mensaje para las víctimas. Al no recibir explicaciones por las máquinas de guerra que atravesaban sus fronteras y descendían sobre él, Israel se vio forzado a defenderse, sabiendo muy bien que la primera ráfaga provocaría su virtual desaparición de la faz de la tierra.

En tanto sonaban las sirenas de alarma y la radio y la televisión enviaban a los condenados hacia cualquier endeble refugio que pudieran encontrar, Israel se defendió por lo que seguramente sería la última vez en la historia. La primera batería de misiles tierra-aire de Israel golpeó sus blancos y el cielo se alumbró con bolas de fuego anaranjadas y amarillas que, en verdad, poco harían por demorar la ofensivarusa, para la cual no podía haber defensa.    

Quienes conocían las probabilidades y lo que predecían las pantallas de radar, interpretaban las ensordecedoras explosiones en el cielo como la ofensiva rusa. Cada líder militar que sabía lo que estaba llegando, esperaba que su desgracia acabara en cosa de segundos, cuando el tiroteo alcanzara el suelo y cubriera el país.

Por lo que había visto y oído en el complejo militar, Buck Williams sabía que el fin estaba cerca. No había escapatoria. Pero mientras la noche brillaba como si fuera de día y continuaban las horrorosas explosiones ensordecedoras, nada en el suelo sufría. El edificio se estremecía y sonaba y retumbaba. Y sin embargo, no recibía impactos.

Afuera, los aviones de guerra se estrellaban en el suelo, abriendo cráteres y mandando despojos ardientes por los aires. Pero las líneas de comunicación permanecían abiertas. Ninguno de los puestos de mando había sido alcanzado. No había informes de bajas. Nada destruido aún.

¿Era esto una especie de broma cruel? Seguro, los primeros misiles israelíes habían impactado a los cazas rusos, haciendo que los misiles explotaran a demasiada altura para causar más daño que el del fuego en el suelo. Pero ¿qué había pasado con el resto del cuerpo aéreo ruso? El radar mostraba con claridad que ellos habían mandado casi todos los aviones que tenían, dejando apenas algo en reserva para la defensa. Miles de aviones bajaban en picada sobre las ciudades más pobladas del diminuto país.

El rugido y el tiroteo siguieron, las explosiones eran tan horrorosas que los líderes militares veteranos se cubrían la cara y gritaban de terror. Buck siempre había querido estar cerca de las líneas del frente, pero su instinto de conservación funcionaba a todo tren. El sabía que sin duda iba a morir, y se halló pensando las cosas más raras. ¿Por qué nunca se había casado? ¿Quedarían restos de su cuerpo para que los identificaran su padre y su hermano? ¿Existía un Dios? ¿La muerte sería el fin?

Se acurrucó debajo de una consola, sorprendido por la urgencia de llorar. Esto no se parecía en nada a lo que él se había hecho la idea de qué era la guerra. Se había imaginado que podría atisbar la acción desde un punto seguro, tomando nota del drama mentalmente.

Cuando habían transcurrido algunos minutos de holocausto, Buck se percató de que afuera no estaría en mayor peligro de morir que adentro. No se sentía temerario, sino aislado. El sería la única persona de este puesto que vería y sabría que lo mataban. Se abrió camino hasta la puerta sobre sus piernas vacilantes. Nadie pareció percatarse de eso o preocuparse de advertirle del peligro. Era como si todos hubiesen sido condenados a muerte.

Abrió la puerta a la fuerza, para toparse con una explosión como de un horno y tuvo que cubrirse los ojos de la blancura del incendio. El cieloestaba en llamas. Todavía oía los aviones por encima del estrépito y el rugido del mismo fuego, y algún misil que explotaba mandaba nuevas lluvias de llamas al aire. Petrificado de horror y asombro, se quedó allí mientras las grandes máquinas de guerra caían a tierra por toda la ciudad, estrellándose y ardiendo. Pero caían entre los edificios y en las calles y campos desiertos. Todo lo atómico y explosivo estallaba arriba en la atmósfera, y Buck seguía parado allí en el calor, con la cara ampollándosele y el cuerpo sudando a mares. ¿Qué era lo que estaba pasando?

Entonces cayeron los pedazos de hielo y los granizos tan grandes como pelotas de golf, que obligaron a Buck a cubrirse la cabeza con su chaqueta. La tierra tembló y resonó, lanzándolo al suelo. Boca abajo sobre los helados fragmentos, sintió que la lluvia lo bañaba. De pronto, el único sonido que se oía era el fuego en el cielo, y empezó a desvanecerse a medida que bajaba. Después de diez minutos del rugir atronador, el fuego se disipó y aisladas bolas de fuego fueron cayendo al suelo apagándose. La luz del fuego desapareció tan rápidamente como había empezado. Y la quietud reinó sobre la tierra.

Al irse alejando las nubes de humo empujadas por una suave brisa, el cielo nocturno reapareció con su negrura azulada y las estrellas brillaron apaciblemente como si nada malo hubiera sucedido.

Buck regresó al edificio, con su enlodada chaqueta de cuero en la mano. La manija de la puerta todavía estaba caliente, y adentro, los líderes militares lloraban y temblaban. La radio transmitía los informes de los pilotos israelíes. No habían podido despegar a tiempo para hacer algo, sino observar cómo toda la ofensiva aérea rusa parecía destruirse así misma.

Milagrosamente no se informaba ni de una sola baja en todo Israel. De otro modo, Buck podía haber creído que un mal funcionamiento misterioso había hecho que los misiles y los aviones se destruyeran unos a otros. Pero los testigos informaban que había habido una tormenta de fuego, junto con lluvia y granizo, y un terremoto que consumió todo el esfuerzo ofensivo.

¿Habría sido una lluvia de meteoritos enviada por Dios? Quizás, pero, ¿de dónde habían salido los cientos y miles de pedazos de acero fundido, retorcidos y ardiendo que se estrellaron contra el suelo en Jaifa, Jerusalén, Tel Aviv, Jericó, y hasta Belén, derrumbando muros antiguos, pero sin siquiera rasguñar a una sola criatura viva?

La luz del día reveló la matanza y descubrió la alianza secreta de Rusia con naciones del Oriente Medio, sobre todo Etiopía y Libia.

Entre las ruinas los israelitas encontraron materiales que les servirían de combustible, con lo que podrían conservar sus recursos naturales por más de seis años. Las fuerzas de tarea especiales competían con las aves de rapiña por la carne del enemigo muerto, tratando de enterrarlos antes de que sus huesos quedaran expuestos y alguna enfermedad amenazara al país.

Buck lo recordaba vívidamente, como si hubiese sido ayer Si no hubiera estado allí y no lo hubiese visto por sí mismo, nunca lo hubiera creído. E hizo falta más de lo que él podía dar para que lo creyesen los lectores del Semanario Mundial.

Los editores y lectores tenían sus propias explicaciones para el fenómeno, pero Buck admitía, aunque sólo para sí mismo, que había comenzado a creer en Dios aquel día. Los eruditos judíos señalaban pasajes de la Biblia que hablaban acerca de Dios destruyendo a los enemigos de Israel con tormentas de fuego, terremotos, granizo y lluvia. Buck quedó estupefacto cuando leyó Ezequiel 38 y 39, que cuenta de un gran enemigo del norte que invade a Israel con la ayuda de Persia, Libia y Etiopía. Y más asombrado todavía de que la Escritura predijera acerca de armas de guerra usadas como combustible y soldados enemigos devorados por aves o enterrados en fosas comunes.

Los amigos cristianos de Buck quisieron que éste diera el siguiente paso y creyera en Cristo, ahora que era tan claro que estaba espiritualmente sintonizado. Pero él no estaba preparado para ir tan lejos, aunque sin duda fue una persona diferente y un periodista distinto desde ese momento en adelante. Para él, nada era imposible de creer.




No muy seguro de si seguiría con algo directo, el capitán Rayford Steele sintió un impulso irresistible de ver a Hattie Durham en ese momento. Se soltó el cinturón y apretó el hombro de su primer oficial mientras salía de la cabina.

-Christopher, todavía estamos en piloto automático -dijo, mientras el hombre más joven se despertaba y enderezaba sus auriculares-. Voy a dar el paseo del amanecer.

Christopher miró de reojo y se pasó la lengua por los labios.

-No me parece como el amanecer, Capi.

-Probablemente en una o dos horas. De todos modos, veré si alguien se está moviendo.

-De acuerdo. Si lo están, diles que Chris les manda saludos.

Rayford bostezó y meneó la cabeza. Al abrir la puerta de la cabina casi choca con Hattie Durham.

-No hace falta tocar -dijo- Ahi Voy.

La azafata jefe lo arrastró hasta la cocina del avión, pero no había pasión en su contacto. Sus dedos parecían garras en su antebrazo y su cuerpo temblaba en la oscuridad.

-Hattie... -dijo Rayford.

-Ella lo empujó contra los compartimentos de la cocina, con la cara cerca a la suya. Si ella no hubiera estado tan claramente aterrorizada, él hubiera disfrutado esto y le hubiera devuelto el abrazo. Sus rodillas se doblaron mientras trataba de hablar y su voz salió en un gemido llorón.

-Falta gente -alcanzó a decir en un susurro, enterrando su cabeza en el pecho de él. Rayford la tomó por los hombros y trató de separarla hacia atrás pero ella luchó por seguir pegada a él.

-¿Qué quieres d...?

Ella, sin poder controlarse más tiempo, sollozaba, temblando.

-Un montón de gente, ¡desaparecida!

-Hattie, éste es un avión grande. Han ido a los baños o...

Ella bajó la cabeza para poder hablarle directamente en el oído. A pesar de su llanto, era obvio que luchaba por hacerse entender.

-He estado en todas partes. Te digo que faltan docenas de personas.

-Hattie, todavía está oscuro. Los encontraremos...

-No estoy loca! ¡Míralo tú mismo! En todo el avión ha desaparecido gente.

-Es una broma. Están escondidos, tratando de...

¡Ray! Sus zapatos, sus medias, sus ropas, todo quedó atrás. ¡Estas personas se han ido!

Hattie se soltó de su abrazo y se deslizó hasta quedar arrodillada sollozando en el rincón. Rayford quería consolarla, obtener su ayuda o hacer que Chris fuera con él por el avión, Más que todo quería creer que la mujer estaba loca.Ella sabía que no podía bromear con él de esa manera. Era evidente que creía de verdad que había desaparecido gente.    

Él había tenido sueños despierto en la cabina. ¿Estaría dormido ahora? Se mordió fuerte el labio e hizo una mueca por el dolor. Así que estaba bien despierto. Entró a la primera clase, donde una anciana estaba sentada, atónita, en la luminosidad previa al amanecer, con el suéter y los pantalones de su marido en las manos.

-¿Qué pasa? -decía- ¿Harold?

Rayford escudriñó el resto de la sección de primera clase. La mayoría de los pasajeros aún dormían, incluido un hombre joven, en la ventanilla, con su computadora portátil en la repisa de la bandeja. Pero, sin duda, varios asientos estaban vacíos. Al acostumbrarse los ojos de Rayford a la poca luz, caminó rápido a la escalera. Empezó a bajar, pero la mujer lo llamó.

-Señor, mi marido...

Rayford puso un dedo en sus labios y susurró:

-Lo sé. Lo encontraremos. Volveré de inmediato.

¡Qué estupidez! pensó mientras bajaba, dándose cuenta de que Hattie estaba detrás de él. ¿Lo encontraremos?

Hattie lo tomó por el hombro y él se detuvo.

-¿Enciendo las luces de la cabina?

-No -susurró él-. Mientras menos gente lo sepa ahora, mejor.

Rayford quería ser fuerte, tener respuestas, ser un ejemplo para su tripulación, para Hattie. Pero cuando llegó al nivel inferior sabía que lo que quedaba del vuelo sería caótico. Estaba tan asustado como cualquier persona de a bordo. Mientras revisaba los asientos, casi fue presa del pánico. Retrocedió hasta un lugaraislado detrás del mamparo y se abofeteó con fuerza.    

Esto no era una broma, ni un truco, ni un sueño. Algo andaba terriblemente mal y no había hacia dónde correr. Habría suficiente confusión y terror sin que él perdiera el control. Nada lo había preparado para esto y él iba a ser el único a quien todos mirarían. Pero, ¿para qué? ¿qué se suponía que debía hacer?

Primero uno, luego otro, y otro, gritaron cuando se dieron cuenta de que sus compañeros de asientos no estaban, pero que sus ropas estaban aún ahí. Lloraban, gritaban, saltaban de sus asientos. Hattie abrazó a Rayford desde atrás con tanta fuerza que apenas podía respirar.

-Rayford, ¿qué es esto?

Élse soltó de las manos de ella y se dio vuelta para mirarla.    

-Hattie, escucha. Yo no sé más que tú. Pero tenemos que calmar a esta gente y aterrizar. Haré una especie de anuncio y tú y tu gente mantengan a todos en sus asientos. ¿De acuerdo?

Ella asintió con la cabeza, pero no se veía bien en absoluto. Al pasar junto a ella para volver rápidamente a la cabina, oyó que gritaba. Olvídate de calmar los pasajeros -pensó, mientras se daba vuelta para verla de rodillas en el pasillo. Ella levantó un chaqueta, una camisa y una corbata, aún intactos. Los pantalones estaban a sus pies. Hattie dio vuelta frenéticamente a la chaqueta hacia la poca luz y leyó la etiqueta.

-Tony -gimió-. Tony ha desaparecido.

Rayford le quitó la ropa y la tiró detrás del mamparo. Levantó a Hattie por los codos y la haló hasta sacarla de la vista.

-Hattie, estamos a horas de aterrizar. No podemos llevar un avión lleno de gente histérica. Yo voy a hacer un anuncio pero tú tienes que hacer tu trabajo. ¿Puedes?

Ella asintió, con los ojos vacíos. El la obligó a mirarlo.

-¿Lo harás? -dijo.

Ella asintió de nuevo.

-Rayford, ¿vamos a morir?

-No -dijo él . Estoy seguro de eso.

Pero él no estaba seguro de nada. ¿Cómo podía saberlo? Él preferiría haber enfrentado un incendio del motor o hasta una caída incontrolable. Estrellarse en el mar hubiera sido mejor que esto. ¿Cómo iba a mantener tranquila a la gente en una pesadilla como esa? 

Por ahora mantener apagadas las luces de cabina era peor que encenderlas, y se alegró de poder dar una tarea específica a Hattie.

-No sé lo que voy a decir dijo- pero enciende las luces para que podamos contar exactamente quién está aquí y quién desapareció, y, entonces, busca más de esos formularios de declaración para visitantes extranjeros.

-¿Para qué?

-Sólo hazlo. Tenlos listos.

Rayford no sabía si había hecho lo correcto al dejar a Hattie a cargo de los pasajeros y la tripulación. Mientras corría escaleras arriba, vio a otra azafata que retrocedía gritando desde una de las cocinas. Ahora, el pobre Christopher en la cabina era el único del avión que no sabía lo que estaba pasando. Lo peor era que Rayford le había dicho a Hattie que él no sabía más que ella lo que estaba pasando.

La aterradora verdad era que él lo sabía perfectamente. Irene había tenido razón. El y la mayoría de sus pasajeros habían sido Dejados Atrás.

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